
Con profunda tristeza recibimos la noticia del fallecimiento de Agliberto Meléndez, director, gestor y visionario incansable, cuya pasión por el cine marcó de manera indeleble los cimientos de nuestra cinematografía.
Meléndez no solo fue el creador de la Cinemateca Dominicana, ese espacio de encuentro que por décadas sirvió de refugio, aula y sala de proyección para quienes amamos el cine. Fue también un militante cultural, un hombre que entendía el cine como un acto de resistencia, de memoria y de nación. Su legado se sostiene tanto en las paredes que levantó para proyectar cine, como en las ideas que nos dejó proyectadas en pantalla.
En su filmografía resalta Pasaje de ida (1988), obra capital del cine dominicano, que con rigor, humanidad y compromiso abrió el camino para que otros también se atrevieran a narrar nuestras historias desde la dignidad. Esa película no solo viajó por festivales internacionales con fuerza propia, sino que también nos devolvió una imagen de país compleja, dolida y urgente. Fue —y sigue siendo— nuestro buque insignia.

Hoy el cine dominicano ha perdido a uno de sus fundadores. Pero quienes creemos en el poder transformador de las imágenes, sabemos que Agliberto Meléndez no se ha ido del todo. Ha tomado su pasaje de ida, esta vez de regreso al cielo, viajando ligero.
Su legado está impregnado en la memoria colectiva, en cada sala, en cada archivo fílmico, en los cinefórums de nuestras películas y en cada una de ellas, en las que se apueste a contar y resaltar la dominicanidad.
Buen viaje, Maestro. El cine dominicano te debe más de una función.

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